Lenguaje de viajando conmigo

Siempre me ha gustado el lenguaje de la palabra escrita, de las imágenes que rondan el mundo en silencio, del amor que se expresa con dulzura, de los pinceles que difuminan colores a través de las almas, de las sensaciones de los olores cuando se cierran los ojos, del roce de la persona amada… Viajando conmigo es una bitácora por el mundo de mis sensaciones… me acompañas?

Solo puedo decir que cada nuevo destino con billete de vuelta, me enseña un pedazo de mi que desconocía.


Desprendimiento

La vida está hecha de desprendimientos desde el momento en que nacemos, en ese instante dejamos de estar “atados” a nuestra madre tras la ruptura del cordón umbilical y desde ese entonces aprendemos a vivir y a morir con cada desprendimiento. De la misma forma como se cura nuestro ombligo bajo los cuidados del “amor” también se curan las rupturas en nuestra vida.
Desprenderse no significa ser frío o apático a las situaciones que nos rodean, es ser concientes con amor infinito de que nada nos pertenece, que todo es un ciclo donde la gente y los bienes van y vienen.
Desprenderse significa olvidarnos de las ataduras de una sociedad que nos señala y ser nosotros mismos con nuestra forma de ser, es aceptarnos tal y como somos, es dar lo que eres le guste a quien le guste.
Desprenderse es estar exento de egoísmo y dar por el simple placer de dar. Es ser conciente y aceptar con serenidad aquellas cosas que no podemos cambiar, cambiar con valor las que podemos y tener sabiduría para discernir la diferencia. (Estas palabras alguna vez me las escribió una amiga).
Puedo asegurar que cuando te desprendes, todo cuanto hay a tu alrededor evoluciona.

Angkor Thom (Camboya)

Era el día de mi cumple treinta y dos años, no esperaba ningún regalo, ninguna llamada, estaba tan lejos de todo y de todos que simplemente esperaba pasar muy bien aquel día en que cumpliría uno de mis tan anhelados sueños; conocer los templos de ANGKOR.
Recién empezada la luna de miel, mi compañero de travesía ya me había adelantado el regalo, creyó que para este viaje me haría falta, cosa que acertó.
Un día tras consultarme si darme el regalo por adelantado o no, al final sacó la caja que estaba forrada con un papel de corazoncitos de muchos colores… (Después de escribir esto me doy cuanta que todo lo que me regala tiene corazones… huy un tema peligroso, parece que está enamorado! Jajajaja). En fin dentro de la caja había un objetivo Zuiko 50 mm, especial para hacer macros. Lo más divertido y emocionante de aquel regalo fue que me explicó que se había comunicado por correo con Pep (un bloguero de una página de fotografías que suelo frecuentar) para consultarle sobre que tipo de objetivo le aconsejaba comprar, me pareció un acto muy dulce. Así fue como días antes ya tenía regalo de cumpleaños, por lo que aquel día no esperaba nada, solo unas mountain bike para recorrer los templos.
Empezó el día muy temprano, el guía no parecía hacerle gracia el “invento de las bicicletas”, claro ellos están acostumbrados a llevar a los turistas en Tuc Tuc (una especie de taxi camboyano, muy económico por cierto). Pero yo insistí que aunque valiera lo mismo, quería hacer algo de deporte en medio de un viaje en el que nos hartamos de comer.


Aquel día hicimos aproximadamente 45 Km en bicicletas, bajo un calor abochornante, pero con todo y todo yo estaba feliz. La ruta empezó en el templo de Angkor Thom, me quedé sorprendida entre aquellos antaños muros de piedras esculpidos que representaban la vida angkoriana.


Quedé alucinada con los grandes rostros de “Buda” que formaban torres de “piedra sobre piedra”, cada torre tenía cuatro caras de Buda, cada una de la cual estaba enfrentada al norte, sur, este y oeste.


Me sorprendí de como la cuadratura de la ciudad coincidía perfectamente con los puntos cardinales y como cada entrada/salida tenía un significado simbólico para la cultura, por ejemplo el lado oeste (caída del sol) representaba la muerte. Cada puerta a su vez tenía 54 dioses y 54 demonios que custodiaban las entradas. Curiosamente el total de la mayoría de las estatuas y elementos repetitivos sus dígitos sumaban siempre 9, se decía que era el número secreto.

La ciudad esta rodeada por un lago de 100 metros en el que “supuestamente” habitaban cocodrilos para aislarla de los invasores.
Me sorprendí de cada piedra codificada para la restauración del templo de BAPHUON Y curiosamente me reí y sorprendí de cómo tenían adoración a un símbolo fálico que se repetía en mucho de los edificios.

Esta piedra cilíndrica con punta en forma de cúpula representaba el hombre y el cuadrado en el que estaba introducido representaba la mujer. Por lo cual esta gente lo tenía bien claro!Visitamos por lo menos cuatro templos, aquel día entre visita y visita paramos a comer y luego una vez más a las bicicletas. Casi la última visita me dejó totalmente enamorada, allí estaban PREAN KHAN con sus edificios entrelazados entre las raíces de los arboles, me quedé fascinada de cómo la naturaleza se adueñó de gran parte de esta cultura y no fue descubierto hasta hace a penas 10 años.



A las cuatro de la tarde el guía ya estaba exhausto, y al final de la tarde después de todas las visitas volvíamos en bici a Siem Reap, un largo recorrido de vuelta que en gran parte hice pedaleando de pié puesto que mi pompis (culito) ya no podía más.
Cuando llegamos al hotel, mi compañero de travesía me comentó para que fuéramos a cenar, la verdad que después del trote de aquel día mi cuerpo me pedía camita, aceptada la propuesta salimos en busca de un tuc tuc. Fue un poco complicado hacerle entender a aquel señor hacía donde queríamos ir, no entendía nuestras letras!!... jajajaja… fue divertida la escena, en cuestión de segundos se agolparon cuatro o cinco conductores a intentar leer lo que decía aquel papel, y tras darnos cuenta que entre que no entendían nuestro pobre ingles y nuestras letras era mejor dejarlo así, hasta que uno de ellos insistió en llevarnos. El restaurante quedaba bastante alejado del centro de la ciudad y lo elegimos porque supuestamente había una especie de “pa amb tomaquet” y la guía decía que hacían comida Catalana, y esto fue lo que nos encontramos.


Aunque no era un “pa amb tomaquet” original debo confesar que estaba “sabroso”, al final de la cena a la hora del postre me encontré con una sorpresa inesperada, una pequeña torta con velitas y con todos los camareros y camareras cantándome un “Happy Birthay” que me hizo soltar algunas lagrimas!... haciendo recuerdo de aquel día, definitivamente fue un cumpleaños inolvidable.

Camboya

Salimos de Vietnam después de la comida, cuando llegamos al aeropuerto nos tocó esperar un poco para tomar el avión a Camboya, no recuerdo cuantas horas fueron de vuelo, pero cuando llegamos ya era de noche, oscurece temprano es estos lados del mundo, las seis de la tarde ya empieza a caer la noche igual que en mi país.
Una vez bajar del avión después pasar la aduana tocó hacer los respectivos visados en un salón donde hay una mesa en forma “media luna abierta” con aproximadamente nueve funcionarios, el primero de todos coge el pasaporte y luego va pasando de mano en mano y firma en firma hasta el último de todos. Cuando terminan de mirarse la foto, los datos y estampillan la visa, son incapaces de pronunciar el nombre puesto que las letras para ellos son in entendibles, así que medio vociferan algo que puede parece tu nombre o puede ser el de al lado y entonces levantan el pasaporte y allí está tu foto.
Después de toda la parafernalia encontramos afuera un señor con un cartel que decía nuestros nombres, fue en busca del coche y mientras esperamos nos dimos cuenta que las letras de los camboyanos era una cosa extraña para nosotros, una especie de “arameo chinesco romántico” que nos hizo pensar en lo difícil que serían las lecturas de las calles.

Cuando salimos del Aeropuerto nos encontramos con una “ciudad” con una estructura hotelera sorprendente y lo más sorprendente era que al salir de aquella calle llena de hoteles a los lados había chabolas (ranchos) un contraste muy Venezolano con la diferencia que estábamos en Asia.
Cuando llegamos al hotel nos sentimos como príncipes, a penas entrar el lobby era súper “chulo” (bonito) y después venía un botones con un par de copas de zumo (jugo) y haciendo reverencia. No entendía tanta amabilidad, pero con los días me di cuanta que los camboyanos son una gente encantadora, amables, dulces, serviciales y muy atentos.
Como ya era tarde no quedó para mucho el día, nos conectamos a internet y nos fuimos pronto a la cama, al día siguiente sería mi cumpleaños y nos esperaba la ciudad de ANGKOR THOM y sus alrededores.

Continuará…

Tam Coc

Y para terminar con Vietnam y sus motos la última excursión antes de marchar al siguiente país fue a Tam Coc y sus alrededores. Aquel día después de llegar de Sapa y pasar la noche en tren, nos esperaba un coche para mostrarnos el mercado de las flores que abre de cuatro a seis de la mañana, puesto que cuando empieza a salir el sol las flores empiezan a marchitarse.

Después de llegar al hotel y de medio ducharnos nos fuimos en una furgoneta en la que íbamos un poco apretados, cuando salimos del hotel empezó la ruta en la búsqueda de otros turistas como nosotros. Otra vez estábamos en las carreteras vietnamitas entre bicicletas, transeúntes, motos y grandes camiones, todos conduciendo como mejor les parecía. Tam Coc antiguamente era la capital de Vietnam, hasta que el emperador de la época soñó con un dragón que le indicaba que debía mudar la capital a Hanoi (y así fue).

Cuando llegamos llovía un poco y en la salida del coche nos esperaban un cúmulo de gente vendiendo chubasqueros y como la ley de Murphy no falla aquel día íbamos totalmente de verano pensando que haría un sol radiante. Así que no nos quedó de otra que tras el agobio y la insistencia de “cómprame, cómprame, cómprame” (supongo que es lo que decían en vietnamita) compramos dos chubasqueros que al final nos vino muy bien porque justo aquel día hacía una brisa un poco fría.

La primera visita fue a los templos del emperador y la segunda a las cuevas de Tam coc, donde nos esperaban una barca con dos “remeras” que increíblemente remaron sin parar tres horas y cuando se le cansaban los brazos remaban con los pies.



Antes de subir a la pequeña embarcación el guía nos indicó que si nos ofrecían productos a la venta y no queríamos comprar que simplemente dijéramos que no. Situación difícil porque si una cosa tienen los vietnamitas es que son bastante insistentes al punto de volver loco a cualquiera, pero en esta ocasión me llené de valor, fuerza y antipatía (lamentablemente pero era necesario) para no comprar nada, empezó el viaje a través de un lago lleno de flores y un paisaje hermoso
y tal como se nos dijo en medio del camino se detuvo otra barca a nuestro lado dejo un paquete de mercancía para la venta y continuamos, después de una hora y poco mas de remar una de las chicas nos ofreció mercancía, antes de que la situación explotase ya venía diciéndole a mi compañero de travesía que me lo dejara a mi, que ni hablara (jajajaja), así que cuando la mujer sacó los manteles que parecían de la época de matusalén le dije que no, no paro de insistir mientras yo seguía diciendo no, se lo dije de mil maneras, sonriendo, seria, ignorándola, y hasta que entendió, no puso muy buena cara, pero si algo tenía claro era que no compraría algo que luego no me serviría de nada y que terminaría tirando a la basura y sin encontrar a quien regalarlo. En fin que entre paseo y paseo y agacharme por lo menos seis veces para pasar entre cuevas, tres horas mas tarde terminó el paseo, evidentemente le dimos propina a las mujeres y después de la cara larga que traía de regreso ante mi negativa, se le dibujo una sonrisa de agradecimiento…
Con este día acabó nuestro paseo por el norte de Vietnam, y lo que mas lamenté de todo al estar en aquel país fue sentirme con cara de “dólar” ante los ojos de una gente que definitivamente parecen geniales. Debo concluir también que aquel país me enseñó que definitivamente en occidente somos muy intolerantes con todo lo que nos rodea. Aquellos lugares me enseñaron la cara feliz de una niña jugando con una ponchera, entre risotadas, barro e inocencia, las risas inocentes de unas mujeres que no conocían otro mundo más que los cultivos de arroz, la paciencia de la gente entre tanto desastre y una aptitud generalizada que por estos lados son difíciles de encontrar; “esto es lo que tengo, esto es lo que soy, y estoy bien por ello”.

Sapa

Después de volver de Halong Bay , una vez más estábamos en la ruidosa Hanoi, un poco más adaptados al ruido de la motos. La siguiente excursión sería a las montañas de Sapa, frontera con China, el traslado hasta allí sería en tren, un vagón con camas literas donde entraban 4 personas, la verdad que a pesar de ser Vietnam y con todo el desastre que habíamos visto suponíamos que el tren no sería de primera categoría, pero sorprendentemente debo decir que es mejor que el Talgo nocturno que va de Barcelona a Sevilla o Madrid.
Antes de llegar a la estación de tren que ciertamente es un poco desastre unos turistas españoles nos advirtieron de la picardía vietnamita, comentándonos que había un “señor” sin uniforme ni nada que te cogía las maletas el billete y te llevaba hasta el vagón, se podía pensar que era un trabajador del lugar, pero no, era un “señor” que simplemente “te orientaba” para luego sacarte dinero y hasta que no se le diese propina no soltaba las maletas, así que una vez advertidos ya estábamos atentos a esta situación y ciertamente cuando llegamos allí estaba el timador de día, al cual obviamos por completo y seguimos nuestro camino, una vez que salimos de las fauces de la picardía caminamos largo rato en busca de nuestro vagón esperando lo peor… para nuestra sorpresa allí estaba un camarote, limpio, con 4 botellas de agua y cuatro bananas, increíble!, sábanas limpias, cepillo dental con pasta y demás, todo precintado!.
Allí empezó nuestra aventura a Sapa. Aunque el tren era genial debo confesar que no dormí muy bien con el traqueteo del tren, sin embargo eso no me impidió emocionarme al llegar a la montaña.
Aunque aquel lugar estaba en el “fin del mundo” la impresión fue estupenda, era un pueblo de casas coloniales y en sus calles brillaban los coloridos del ropaje de las minorías étnicas entre la de los miles de turistas. Aquel día emprendimos nuestra primera ruta de montaña, muy sencilla por cierto, todo fue bajada!.

Cuando llegamos al punto de partida nos esperaban un cúmulo de niños con bastones para que comprásemos para la caminada, inevitablemente no podíamos negarnos, así que después de aquella avalancha de pequeñas voces vietnamitas pidiendo que le compráramos empezamos el viaje, en el que se nos unieron cuatro mujeres nativas. La verdad que aunque no nos entendíamos y ellas tal vez tampoco a nosotros la compañía fue muy agradable, reían y reían, supongo que les hacía gracia nuestra manera de hablar y de vestir, sus risas me contagiaban y yo tampoco paraba de reir, fue muy bonito porque podía descubrir en ellas esa inocencia del campo que los de la ciudad perdemos.
Las mujeres iban siempre ayudando, tomándonos de las manos para que no resbalásemos con el barro y cuando estábamos fuera de peligro estaban hilando una especie de hebra vegetal que luego usaban para hacerse vestidos, los dedos los tenían verdes y de colores de tanto hilar.

Después de un recorrido y llegados al punto más bajo pasaba el río de sapa en el que no pude evitar mojarme los pies, fuí la única que se descalzó de todo el grupo, tuve la imperante necesidad de sentir la temperatura del agua, de mojarme lo pies y disfrutar aquel eterno momento que se quedará por siempre en mi recuerdo.

Calzada otra vez nos tocó subir una pequeña cuesta, pasar un puente y despedirnos de nuestras compañeras, llegábamos a límite de sus tierras, pasado aquel puente eran tierras de otra minoría étnica. Una vez pasado el puente se abalanzaron otras mujeres a vendernos artesanías que rechazamos y que terminamos comprando a las mujeres que nos acompañaban, de alguna manera por agradecimiento.
Al final del camino nos seguíamos topando con diferentes poblados y al terminar la mañana estábamos comiendo en un restaurant por 1.5 euros cada uno, una comida con “todo” una cosa verdaderamente barata.
En Sapa de manera independiente contratamos otro paseo junto a una pareja que conocimos en el viaje, así que fue comer y volver a salir rumbo a Fansipan, la montaña más alta de Vietnam, la sola carretera era toda una aventura. Era una vía de barro muy estrecha y con un precipicio que no quiero ni contar y para más impresión habían obras y estaba una “excavadora” en un alto que no entendía como trabajaban de aquella manera!...
de vuelta paramos en una cascada muy bonita y luego de nuevo de vuelta al hotel.

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