Había solo una calle para llegar hasta su casa. Por mi tamaño quizá el recorrido era más grande de lo que pueda parecer ahora. Si cierro mis ojos aún me veo corriendo descalza mientras me colaba por el espacio que quedaba entre el suelo y la puerta trasera de casa y entonces emprendía con el corazón en la mano una huida inocente de lo que seguro era un regaño. No recuerdo el delito, solo recuerdo que sus brazos y dulzura siempre protegían… al llegar al porche entraba volando por la puerta principal e iba directo a su habitación y como una veloz liebre me colaba hasta llegar debajo de la cama. Mientras el corazón saltaba por el miedo de un posible castigo, mí mirada solo observaba vacío.En segundos las voces de las otras dos protagonistas, mi madre y mi abuela (mamá Juana, así solíamos llamarle).
- No has visto a Nany
- No, ella no ha venido por aquí.
Temiendo que mi madre agachase la cabeza y me viera debajo, yo intentaba sobre todo escuchar sigilosamente aquel dialogo, había algunos silencios. Imagino que en los mutismos mi madre sabía que estaba debajo, puesto que siempre recorría al mismo lugar.
Cuando la tempestad pasaba, yo salía discretamente de debajo de aquel refugio y “mamá Juana” me decía:
- Ya se fue.
Entonces con la descalces de la inocencia mi abuela me ponía a hacer tareas domesticas. En su casa tenía un patio muy grande, tenía hasta una colina que llamábamos entre los primos “la colina de Heidi” sobre todo me gustaba arrojarle maíz a los pollos mientras emitía aquel agudo sonido que ella misma me había enseñado. Entre tanto y yo me distraía con aquellos animalitos, en su vieja cocina de gas mi abuela preparaba “avena”. Era la merienda con la que me premiaba cada tarde. Tanto sabía que me gustaba que cuando me hice adolescente y ya no pasaba con la misma frecuencia por su casa, era ella la que a paso lento con un tazón de cerámica que asemejaba un barril de madera, me llevaba aquel dulce sabor hasta casa. Y cuando llegaba del colegio allí estaba mi premio. Tengo el recuerdo de su sabor nunca más encontrado.
Algunas veces cuando llueve inconcientemente me apetece avena y entonces la preparo, pero nunca como ella. Y entonces le recuerdo, inocente, traviesa y dulce con sus nietos, con esas batas de medio luto tan gastaditas que se suavizaban como la piel de una rosa. Un luto que prodigaba desde antes de conocerla y que solían llevar todas las mujeres de su época. Un luto inacabable por la muerte de un marido, de un hijo o de algún pariente.
Pero el luto no le impedía ser traviesa y tremenda... todos por la calle le querían y le llamaban “mamá Juana”. Siempre tenía comida para quien llegaba, cobija para quien necesitara… y hasta un rocío de agua para quienes pasaban por el frente de su casa mientras ella regaba sus plantas!!!... jajajaja
Era divertida creo que tuvo suerte al final de su camino, tuvo una vejez llena de hijos y nietos que le cuidaron hasta su último de sus días.


Por allí dicen que la espera desespera, pero desesperada no estaba, estaba ratificando ese viejo dicho que recuerdo desde niña “muchacho barrigón, ni que lo fajen chiquito”, es decir que la gente es como es y no podemos cambiarla. Después de la hora y media de esperar vislumbro a mi amiga y tras un abrazo aprovecho para decirle que llegaba tarde. Se que mi comentario tal vez no remediaba nada, pero soltaba mi opinión y no la dejaba que se carcomiera mi interior.
Sin embargo en la guía especificaba claramente que no podíamos marchar de Siena sin tomar un café en dicha plaza y observar el ambientillo de verano, al mismo tiempo también decía que era que de los sitios más caro para tomar un café. Así que pensé: “menos mal que está en obras” jajajajaja… entre tantas entradas a tantos museos e iglesias es muy fácil dejarse el sueldo entero. Caminando por los alrededores nos encontramos con esta maravilla de la naturaleza,
me sorprendió tanto que no dude en tomarle miles de fotografías, hasta le pregunté al chico si podía tocarlo, evidentemente me quedé con las ganas. Y entonces entre tantas cosas y admiraba la belleza, prestancia y soberbia de aquel animal… mis pensamientos se repetían, “definitivamente la arquitectura es fascinante, pero la naturaleza lo es aún más”.
Esa tarde nos deleitamos con el puente Vecchio, el rio Arno, El Duomo, y creo que hasta con un rico helado (y caro también por cierto)… en fin que ya era tarde para visitar a David y subir al Duomo…
A pesar de que en la sala no estaba permitido hacer ningún tipo de fotografías… claramente está que yo si las hice!! Jijijiji ;-) y también aceleré el pobre corazón de mi compañero de travesía al pedirle que me hiciera una con el David, mientras las vigilantes de sala iban diciendo a la gente “no se permiten fotos”… jajajajaja.. pero el mal ya estaba hecho, yo tenía mi tan anhelada foto junto a la escultura de Miguel Ángel.
Un paseo por el resto de la Sala, nos encontramos con pinturas del arte bizantino, describiendo los pasajes de la Biblia… en fin un derroche de arte…
Los escalones a medida que vas llegando empiezan a alargarse y las zancadas son más altas, pero ya casi estas arriba… y cuando llegas es como el triunfo!! Se siente rico, y cuando miras te das cuenta que ha valido la pena el sudor y la oscuridad en algunas ocasiones…
Horas más tarde estábamos tirando las llaves al rio arno, para deleitarnos con esta hermosa imagen.