Gracias a los vuelos de “
low cost”, hacía meses que habíamos comprado ocho billetes para visitar en grupo, la ciudad de
Oporto. Así con el entusiasmo como niños que van de excursión, empezó la travesía.


El primer contacto con los lugareños, fue con un taxista, que al parecer nos dio una gran vuelta para poder dejar correr el taxímetro… sin embargo, no nos quejamos de mucho, el taxi se pagaba entre varios y adicionalmente es más económico que Barcelona.
Tras dejar las mochilas, emprendimos una salida por la ciudad. El segundo contacto fue con la Avenida de los Aliados y una exposición de coches antiguos… realmente interesante y divertido… recordé los coches de colección que había en mi casa cuando era una niña.
Cuando empecé a caminar, y a ver las callejuelas, pensé: “Oporto ciudad con encanto”, es desenfadada, con aires melancólicos entre los
fados que se cuelan por las ventanas y los
azulejos de las fachadas. Oporto y su gente son dulce como sus pasteles,
el vino y pan recién horneado. Es Románica entre las callejuelas que se esconden en la cercanía del río Duero. Medieval y contemporánea, en el encuentro entre su muralla y el Puente Luis primero.
Las callejuelas de adoquín, de épocas inmemoriales, se dejan descubrir entre edificios de mediana altura con fachadas coloridas y techo de tejas… casas viejas, sin restaurar y muchas que parecen caerse, hablan de una ciudad apacible, de gente cercana.

Comer, beber, tomar café, y hasta el postre es barato. La primera noche descubrimos un pequeño Restauran escondido, atendido por sus propios dueños y con una carta de platos con sabor a casa...
A pesar de parecer pequeña, hay algunos sitios para visitar, es interesante subir a la torre de los Clérigos (el edificio más alto de toda la ciudad) y ver la ciudad desde lo alto, empaparse de los techos de teja y bajar nuevamente por las estrechas escaleras. Conocer la Librería
Lello&Irmao tiene encanto de antaño y aunque no se vaya a comprar ningún libro, es absolutamente recomendable.
Pasar el puente Luis I por su parte más alta, es sensacional aunque poco recomendable para los que sufran de vertigo.
Caminar Oporto por sus calles inclinadas, bajar y volver a subir es para no olvidarla. Llegar hasta el Parque del Palacio de Cristal y dejarse hipnotizar por el pavoneo de un pavo real, es totalmente exquisito.
Visitar la catedral, la muralla, cruzar el río y ver desde el otro lado una ciudad cuyas casas escalonadas habla de una población que creció entre un terreno accidentado. Volver a cruzar el puente por la parte baja y subir nuevamente pero en cremallera y luego coger el tranvía…

En definitiva para los que quieran conocer un lugar encantador por solo un fin de semana, Oporto es absolutamente recomendable.
Hasta la próxima!!