No pude evitar que las lagrimas salieran sin llamarlas… venían solas y el mejor lugar para ocultarlas, era la habitación de aquella casa, mientras sentía fuera de esas paredes, las risas y correteos de los niños…
Intenté concentrarme en cada detalle, en los olores, en las compañías para no sentir tan profundamente aquella nostalgia… pero en cuanto me descuidaba, sentía como en mi interior lloraba una niña por el recuerdo de aquel buen hombre que por un tiempo también fungió de padre.
Y como suelo decir, la vida continua, nada se detiene… así que debía continuar…
La casa de Mas Murtra se presento hermosa, elegante y nueva ante nuestros ojos, con hermosas habitaciones y mucho verde alrededor, a unos pasos de Girona, nos fuimos de paseo por sus calles empedradas, callejones del barrio judío y la muralla que está como testigo de la edad medieval.
Me concentré en sus piedras y callejuela imaginando la vida en aquellas épocas inimaginables, subí con ímpetu a lo alto de la muralla y disfrutar de lejos del panorama… a veces alejarse, nos ayuda a vislumbrar la totalidad de las cosas.
Nos dejamos perder por sus calles hasta llegar a la catedral y ver a los devotos preparando la procesión para la noche.
Marchamos de la ciudad y nos internamos en aquella a casa a disfrutar de los amigos, los niños y los juegos… Como una familia unida preparábamos entre todos la comida… disfrutamos de una gran paella y de una cena Venezolana, que no dejó indiferente a nadie…
