Después de tantos días entre nubes y lluvias al fin parece que sale el sol y le da una tregua al frío, trabajo muy cerca al mar y es divino escuchar las gaviotas que lo celebran con “cánticos” de alegría y revoloteos en el aire… se persiguen unas a otras, se suspenden ágilmente el aire, juegan con él y bajan a tierra firme… entre tanto por mi mente pasa una especie de película mental en forma de recuerdos:
Nos deteníamos junto a la familia en medio de la carretera, a observar el horizonte que nos regalaba una inmensidad de azules, un sol esplendido, unos pelícanos jugando con el aire, buscando comida y “aterrando” en el agua en picado, mientras observábamos perplejos las hazañas de vuelo de aquellos animales…
Estaba en
San Antonio del Golfo un pequeño poblado en el
estado Sucre que es la vía hacia
Mochima.
El camino está lleno de “tenderetes” (casas, quioscos, chiringuitos) con venta de artesanías, dulces típicos, venta de agua de “coco fresco” para amainar el calor de los que cruzan aquellas carreteras… en medio de la vía hay obstáculos y generalmente están llenos de niños que se acercan a las ventanas de los coches a ofrecer
empanadas,
arepas, dulces, castaña, mango o cualquier cosa que les pueda ser una fuente de ingreso.
Después del sol que nos regaló San Antonio del Golfo a medida que nos acercamos a Mochima el cielo amenaza con lluvias… de pronto se tapa el sol y abajo vemos el parque Nacional Mochima.

Mochima es un pequeño pueblo olvidado de la “mano de Dios” un pueblo pesquero que vive escasamente del turismo, tres tiendas con los artículos básicos para vivir y un montón de casas en cuyas fachadas se anuncia “se alquila habitación, casa, apartamento, etc.”
Todos se conocen y si preguntas por alguien, todos saben donde vive, nuestra “tropa” ya tenía lugar donde llegar.
Así que aquella anoche dormimos en una casa en la que “entramos más de los que cabíamos”… así es en mi tierra; “donde come uno, comen dos” y “donde duerme uno duermen veinte”!! Jajajajaja
Aquella noche se acercaron al lugar mis padrinos y la madrina de mi hermano para compartir junto a nosotros la noche familiar… no me alcanzan los dedos de los pies ni de las manos para contar cuantos éramos en aquel “pequeño hogar”, solo puedo contar que aquella noche reí como hacía mucho que no reía, me dolía el estómago, me sentía verdaderamente en casa…
Mis padrinos, que son muchos, según me cuenta mi madre, los elegí a los cinco años que fue cuando me bautizaron. Los que me visitaban aquel día, los recuerdo claramente en mi infancia, eran mis primos que vivían en casa de mi abuela e hicieron de “Padre o Madre” en muchas ocasiones…
Aquella noche toda la tropa nos reunimos a jugar lotería, un juego popular de la zona y en el que dentro de mi familia se está absolutamente permitido hacer trampas, así que las risas de aquella noche eran de la complicidad de saber que el que estaba a tu lado hacía picardía igual que tu, mientras nos reíamos a carcajada haciéndonos los locos, aunque al día siguiente todos confesaríamos con grandes risotadas quien hizo la picardía más grande…
Esa noche me fui a la cama con una sonrisa en el alma, con la sensación de estar en el espíritu de mi familia, entre bromas y risas.
Al día siguiente tomamos una lancha para hacer una pequeña ruta por los islotes, así que disfrutamos de la naturaleza que nos regalaba el mar… allí en medio del agua nacían inmensas rocas de colores ocres, texturas, se escondían cuevas, en una de ellas estaba la virgen de los pescadores...
...y “mas allá” escondidos en un rincón encontramos pescadores, a los que no tardamos en acercarnos con el bote y comprar pescado fresco.
Después de la excursión de casi hora y media, nos dejaron en la playa, de la que disfrutamos del agua y de la familia.

De vuelta a casa estábamos agotados del día de sol… así que solo nos duchamos, cenamos y otra vez a dormir… no sin antes coquetear y jugar un poco con mi sobrina, mientras le decía: “modela mami, modela”, pero en esta ocasión yo modelaba junto a ella.